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miércoles, 2 de diciembre de 2015

el jabalí de bronce










En la ciudad de Florencia, no lejos de la Piazza del Granduca, corre una calle transversal que, si mal no recuerdo, se llama Porta Rossa. En ella, frente a una especie de mercado de hortalizas, se levanta la curiosa figura de un jabalí de bronce, esculpido con mucho arte. Agua límpida y fresca fluye de la boca del animal, que con el tiempo ha tomado un color verde oscuro. Sólo el hocico brilla, como si lo hubiesen pulimentado -y así es en efecto- por la acción de los muchos centenares de chiquillos y pobres que, cogiéndose a él con las manos, acercan la boca a la del animal para beber. Es un bonito cuadro el de la bien dibujada fiera abrazada por un gracioso rapaz medio desnudo, que aplica su fresca boca al hocico de bronce.
A cualquier forastero que llegue a Florencia le es fácil encontrar el lugar; no tiene más que preguntar por el jabalí de bronce al primer mendigo que encuentre, seguro que lo guiarán a él.
Era un anochecer del invierno; las montañas aparecían cubiertas de nieve, pero en el cielo brillaba la luna llena; y la luna llena en Italia es tan luminosa como un día gris de invierno de los países nórdicos; y le gana aún, pues el aire brilla y adquiere relieve, mientras que en el Norte el techo de plomo, frío y lúgubre, deprime al hombre, lo aplasta contra el suelo, ese suelo húmedo y frío que un día cubrirá su ataúd.
Un chiquillo harapiento se había pasado todo el día sentado en el jardín del Gran Duque, bajo el tejado de pinos, donde incluso en invierno florecen las rosas por millares; un chiquillo que podía pasar por la imagen de Italia, tal era de hermoso, sonriente y, sin embargo, enfermizo de aspecto. Sufría hambre y sed, nadie le daba un céntimo y al oscurecer -hora de cerrar el jardín- el portero lo echó. Durante un largo rato se estuvo entregado a sus ensueños en el puente que cruza el Arno, contemplando las estrellas que se reflejaban en el agua, entre él y el magnífico puente de mármol «della Trinitá».
Se dirigió luego hacia el jabalí de bronce, hincó la rodilla al llegar a él y, pasando los brazos alrededor del cuello de la figura, aplicó la boca al reluciente hocico y bebió a grandes tragos de su fresca agua. Al lado yacían unas hojas de lechuga y dos o tres castañas; aquello fue su cena. En la calle no había ni un alma; el chiquillo estaba completamente solo; se sentó sobre el dorso del jabalí, se apoyó hacia delante, de manera que su rizada cabecita descansara sobre la del animal, y sin darse cuenta se quedó profundamente dormido.
Al sonar la medianoche, el jabalí de bronce se estremeció y el niño oyó que decía:
-¡Agárrate bien, chiquillo, que voy a correr!
Y emprendió la carrera, con él a cuestas. ¡Extraño paseo! Primero llegaron a la Piazza del Granduca, donde el caballo de bronce de la estatua del príncipe los acogió relinchando. El policromo escudo de armas de las antiguas casas consistoriales brillaba como si fuese transparente, mientras el David de Miguel Ángel blandía su honda. Por doquier rebullía una vida sorprendente. Los grupos de bronce que representan Perseo y el rapto de las Sabinas se agitaban frenéticamente; de la boca de las mujeres surgió un grito de mortal angustia, que resonó en la gran plaza solitaria.
El jabalí de bronce se detuvo en el Palazzo degli Uffizi, bajo la arcada donde se reúne la nobleza en las fiestas de carnaval.
-Agárrate bien -repitió el animal-, vamos a subir por esta escalera.
El niño permanecía callado, entre tembloroso y feliz.
Entraron en una larga galería que él conocía muy bien; ya antes había estado en ella. De las paredes colgaban magníficos cuadros, y había estatuas y bustos, todo iluminado por vivísima luz, como en pleno día. Pero lo más hermoso vino cuando se abrieron las puertas que daban acceso a una sala contigua. El niño no había olvidado cuán magnífico era aquello, pero nunca lo había visto tan esplendoroso como aquella noche.
Había allí una maravillosa mujer desnuda, como sólo pueden moldearla la Naturaleza y el cincel de los grandes maestros. Movía los graciosos miembros, delfines saltaban a sus pies, la inmortalidad brillaba en sus ojos. El mundo la llama la Venus de Médicis. Todo en torno relucían las estatuas de mármol, en las que la piedra aparecía animada por la vida del espíritu: figuras de hombres magníficos, uno afilando la espada -por eso se le llama el Afilador-, más allá el grupo de los Pugilistas; la espada era aguzada, y los combatientes luchaban por la Diosa de la Belleza.
El chiquillo estaba como deslumbrado por todo aquel esplendor; las paredes ardían de color y todo era vida y movimiento. Podían verse dos Venus, representando la Venus terrena, turgente y ardorosa, tal como Tiziano la había apretado sobre su corazón. Eran dos soberbias figuras femeninas. Los bellos miembros desnudos se extendían sobre los muelles almohadones; el pecho se levantaba y la cabeza se movía dejando caer los abundantes rizos en torno a los bien curvados hombros, mientras los oscuros ojos expresaban ardientes pensamientos. Pero ninguno de aquellos personajes osaba salir por completo de su marco. La propia Diosa de la Belleza, los Pugilistas y el Afilador permanecían en sus puestos, pues la Gloria que irradiaba de la Madonna, de Jesús y de San Juan, los mantenía sujetos. Las imágenes de los santos no eran ya imágenes, sino los santos en persona.
¡Qué esplendor y qué belleza de sala en sala! Y el niño lo veía todo; el jabalí de bronce avanzaba paso a paso por entre toda aquella magnificencia. Una visión eclipsaba a la otra, pero una sola imagen se fijó en el alma del niño, seguramente por los niños alegres y dichosos que aparecían en ella, y que el pequeño ya había visto antes a la luz del día.
Son muchos los que pasan por delante de aquel cuadro sin apenas reparar en él; sin embargo, encierra un tesoro de poesía. Es Cristo descendiendo a los infiernos; pero a su alrededor no se ve a los condenados, sino a los paganos. El florentino Angiolo Bronzino pintó aquel cuadro, lo más sublime del cual es la certeza reflejada en el rostro de los niños, de que irán al cielo: dos de ellos se abrazan ya; uno, muy chiquitín, tiende la mano a otro que está aún en el abismo, y se señala a sí mismo, como diciendo: «¡Me voy al cielo!». Todos los restantes permanecen indecisos, esperando o inclinándose humildemente ante Jesús Nuestro Señor.
El niño empleó en la contemplación de aquel cuadro mucho más rato que en todos los demás. El jabalí de bronce seguía parado delante de él. Se percibió un leve suspiro; ¿salía de la pintura o del pecho del animal? El niño extendió el brazo hacia los sonrientes pequeñuelos del cuadro, y entonces el jabalí prosiguió su camino, saliendo por el abierto vestíbulo.
-¡Gracias, y Dios te bendiga, buen animal! -exclamó el muchacho, acariciando a su montura, que bajaba saltando las escaleras.
-¡Gracias, y Dios te bendiga a ti! -respondió el jabalí-. Yo te he prestado un servicio, y tú me has prestado otro a mí, pues sólo con una criatura inocente sobre el lomo me son dadas fuerzas para correr. ¿Ves?, hasta puedo entrar dentro del círculo de luz que viene de la lámpara colgada ante el cuadro de la Virgen. A todas partes puedo llevarte, excepto a la iglesia; pero si tú estás conmigo, puedo mirar a su interior a través de la puerta abierta. No te apees de mi espalda; si lo haces, caeré muerto, tal como me ves durante el día en la calle de la Porta Rossa.
-Me quedaré contigo, mi buen animal -respondió el niño; y el jabalí emprendió veloz carrera por las calles de Florencia, no deteniéndose hasta llegar a la plaza donde se levanta la iglesia de Santa Croce.

(Hans Christian Andersen)



martes, 10 de noviembre de 2015

el hombre que plantaba árboles



os lo recomendamos a quienes no lo conozcáis

bichos y fantasmas

Hace tiempo vino a vernos una vecina de Covarrubias, desesperada porque oía en el falso techo  de su casa corretear algo y ,como suele ocurrir en estos casos, quien fuera que fuese, lo hacía a las horas más inoportunas, es decir, cuando ya todos estamos cansados y nos apetece descansar.

Nosotros pensamos en un primer momento que probablemente fuese una garduña, puesto que en esa zona hay alguna paloma y la casa de arriba, que está deshabitada, era un lugar perfecto para que nadie la molestase. Así que nos encaminamos con una jaula de trampeo de visón para cambiar de domicilio a tan inquieto inquilino que perturbaba las horas de merecido descanso de la vecina, echamos un vistazo en el piso superior y confirmamos que allí había algún habitante que en algún momento había criado en un sillón viejo.

Empezamos poniendo los cebos normales para ese tipo de animales (alitas de pollo o un huevo suelen dar muy buenos resultados), pero el astuto bicho se comía el cebo sin caer en la jaula, por lo que decidimos cambiar los cebos clásicos por una lata de sardinas, ya que sabemos que se pirran por ellas. Las sardinas desaparecían y allí no caía nada, y nuestros ires y venires a la casa de la vecina (lo reconozco, ya un poco picados por el misterio) hacía que el resto de los vecinos del pueblo nos interpelaran con sus particulares teorías medio en broma, medio en serio,  sobre el asunto (...que si el fantasma de Doña Urraca, la Princesa Cristina o el mismísimo Fernán González..., que yacen muy cerquita, en la bella Colegiata de San Cosme y San Damián), pues ya era del dominio público la afrenta (o como se dice ahora, viral), que el misterioso bicho nos planteaba.

Acabamos poniendo la cámara de fototrampeo, era la única opción que nos quedaba, eso o  quedarnos a montar guardia, y, aunque somos bastante valientes, la perspectiva de tener que enfrentarnos a un ser de ultratumba, no nos hacía mucha gracia, más que nada por si gastaba malas pulgas...

...Y tras unos días puesta la cámara, pudimos desvelar el misterio, aquí os dejo el vídeo





Efectivamente, era un rechoncho ratón al que teníamos alimentado mejor que el maharaja  de kapurthala



lunes, 9 de noviembre de 2015

1 de Septiembre




Esta es otra versión un poco más larga del vídeo del incendio, un poco más larga y con música de Händel (el aria "...Lascia ch'io pianga", interpretada por Cecilia Bartoli)

domingo, 8 de noviembre de 2015

la nutria



la nutria es la reina del río, las veces que nos las encontramos (a pesar de ser muy esquivas) nos resulta una gozada verlas moverse como si estuvieran jugando permanentemente.

aunque no la veamos, es muy frecuente ver en las orillas sus huellas y sus letrinas en lo alto de una piedra con restos de sus comidas, que suele consistir cangrejos y peces.

¿que como son? os pongo un par de fotos para que os hagáis una idea...



sábado, 7 de noviembre de 2015

corcito


...a veces nos encontramos agradables sorpresas

incendio



Esta es una versión corta del vídeo que preparamos para ilustrar la exposición sobre los incendios forestales que se hizo en el Ayuntamiento de Puentedura. El incendio se produjo el día 1 de Septiembre de 2014




en las localidades de Puentedura, Mecerreyes y Quintanilla del Agua y arrasó casi 800 Hectáreas de terreno. La inauguramos el Día del Árbol con los niños del Colegio Público de Covarrubias, que son unos excelentes currantes y antes plantaron un montón de árboles en la zona quemada.
Como ese día había un eclipse de sol, le llamamos el Bosque del Eclipse